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La norma para la lengua vasca, lo que se llama, a falta de nombre mejor, euskara batua, se asocia comúnmente al congreso celebrado por Euskaltzaindia en Arantzazu en 1968. La Academia cumplía entonces medio siglo y el poeta Gabriel Aresti sugirió que, además de los actos conmemorativos, nuestra institución dedicara unas jornadas a debatir sobre la unificación de la lengua (para que luego digan que los poetas no son gente práctica).
De aquel congreso hay que destacar la ponencia principal, de Koldo Mitxelena, llena de sensatez y en sintonía con unos caminos que aparecían ya más o menos perfilados en los años anteriores por un nutrido grupo de escritores. "En Arantzazu no se inventó nada", repetía Mitxelena con razón. Más bien se dieron unos pasos para elevar a norma un modelo de lengua central, una "especie de navarro-guipuzcoano con toques labortanizantes". Al cabo de diez años, en 1978, en el congreso de Bergara, se vio el éxito de aquellas recomendaciones, a pesar de agrias y ruidosas polémicas, muchas de las cuales, por no decir la mayoría, carentes de la mínima altura.
Este éxito fue posible ante todo porque el modelo se fundamentaba en la tradición literaria, huyendo de propuestas arcaizantes y también del peso de la escuela de Sabino Arana, cuyo influjo subsistía aún por los años sesenta. No hay que olvidar, desde luego, que en el último cuarto de siglo ha avanzado espectacularmente el conocimiento del euskara en sus textos, dejando a un lado fantasías y prejuicios (por más que no nos podamos librar, como humanos, de unas y otros).
Ahora bien, con frecuencia ha habido falta de realismo en la aplicación la norma vasca. Muchas veces no se han tenido en cuenta las distintas situaciones y su complejidad. No hace mucho, un buen amigo mencionaba que a principios de los años setenta, con un grupo de entusiastas, sacaba en Lekeitio una revista con una lengua apenas comprensible por los lectores a quienes iba dirigida. La escuela, con la impresionante extensión de la enseñanza del euskara, pero quizá y sobre todo, en euskara, ha conocido también no pocos ejemplos de esa falta de realismo.
Esos problemas no han desaparecido del todo. Con harta frecuencia, tal como me señalaba hace unos días mi colega Itziar Idiazabal, se echa en falta un marco teórico adecuado y una discusión seria sobre tales cuestiones. Y lo que decimos acerca de la enseñanza puede extenderse a los otros dos campos clásicos: la Administración y los medios de comunicación.
Para decirlo todo, hay algunas evoluciones algo preocupantes, como por ejemplo la búsqueda de normativizacion completa para variedades muy restringidas. Se diría que algunos quieren recorrer el camino inverso al efectuado desde 1968. El porvenir de la lengua vasca tiene que ver mucho con el equilibrio inteligente entre la forma unificada y esas variedades, dialectales o subdialectales. Y hay que tener muy presente el esencial asunto de los registros o niveles de lengua. No se puede hablar del mismo modo en una tasca que delante de un micrófono de EITB, aunque algunos así lo crean. No me gusta llenarme la boca de grandilocuencias, pero EITB debe ser nuestra radiotelevisión nacional, para dentro y cara al exterior, y desgraciadamente a veces parece un sistema regional.
Por lo demás, la norma vasca sigue siendo amplia. En el vocabulario unificado que la Academia ha publicado a principios de este año se pueden reconocer la inmensa mayoría de los hablantes vascos, siendo como es un modelo generoso, más incluyente que excluyente. Y no olvidemos que muchas palabras que aparecen con la marca dialectal tienen perfecto derecho a ser empleadas en el euskara unificado.
En cuanto a los nombres de persona y de lugar, la norma general se ha aplicado también con amplitud. Por ejemplo, la hache, al sur del Bidasoa, queda reducida a nombres nuevos, como "Harrobi kalea", es decir, "calle de la Cantera", o a algunas formas antiguas: "Hondarribia", "Zuhatzu". Tampoco arrojado a las tinieblas exteriores los nombres arraigados y conectados con el dialecto: "Aixerrota", en Getxo, está muy bien así, sin tener que recurrir a "Haize-errota", y lo mismo "Sohüta", el pueblo suletino, sin volver a "Sorhoeta", aunque de esta segunda manera lo escribió Athanase Belapeyre, su párroco, al comienzo de su conocido catecismo, en el siglo XVII. Ciertamente, algunos hubiéramos preferido formas de más peso histórico, por ejemplo, "Beraskoitz", el pueblo natal del escritor protestante Leizarraga (siglo XVI), y no "Beskoitze", pero tampoco debemos ir contra la voluntad de los naturales y el amplio uso de esa segunda forma. En cuanto a los nombres de pila, pronto estará en la calle el nomenclátor elaborado por Euskaltzaindia. En él no quedan fuera nombres del taller de Arana-Eleizalde (1910), como "Garbiñe" o "Andoni" y otros muchos, pero nos oponemos abiertamente a disparates como "Begoñe", cuando esta anteiglesia y su advocación mariana es "Begoña".
Salta a la vista que el modelo del euskara unificado lo ha sido sobre todo para la lengua escrita. Sin embargo, Euskaltzaindia ha dado ya algunas recomendaciones para la pronunciación, incluyendo acento y entonación. Es un ámbito muy importante, que esperemos reciba la atención debida.
Pero la norma vasca sigue sufriendo la influencia de las dos lenguas fuertes con que convive en Vasconia, el castellano y el francés. Esos letreros que dicen sin más "Harategi, en lugar de "Harategia", o bien "Jatetxe Pello", por "Pello jatetxea", son ejemploe de lo que digo. En este punto, como en los antes citados, la calidad de la lengua tiene que seguir siendo nuestra obsesión. Extender el euskara está muy bien. Extender el buen euskara es todavía mejor, aunque el ritmo sea más lento.