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Conferencia de Maricarmen Garmendia en el Centro Vasco Laurak Bat

Dictada por Maricarmen Garmendia, Consejera de Cultura del Gobierno Vasco, el 12 de mayo de 2000.

Queridas amigas y amigos,

Me alegra mantener este encuentro con vosotros. No os lo digo por mera cortesía. Quiero que sepáis que, por lo que a mi respecta, cada vez que mantengo un encuentro de estas características, con colectividades vascas en el exterior, vuelvo a casa más enriquecida: como vasca y como persona. Gracias, pues, por vuestra invitación.

Dicho esto, quiero dejar claro el objeto de mi intervención. Yo comprendo que, visto cómo están discurriendo los acontecimientos en Euskadi, vuestra curiosidad se centrará en los aspectos más políticos de nuestra situación. Me temo, sin embargo, que mis palabras de hoy vayan a decepcionaros, si ése es realmente el objeto exclusivo de vuestra curiosidad. Porque no voy a hablaros de política, al menos en el sentido puro y duro, más reduccionista también, del término. Explicaré las razones. Una es de carácter, por así decirlo, coyuntural. La segunda es más de fondo, más de convicción personal.

Hace todavía muy pocas semanas estuvo por aquí José Mari Muñoa, el Delegado del Lehendakari para Asuntos Europeos. Según él mismo me ha contado, os explicó cómo veía él las cosas desde el punto de vista político. Pienso, por ello, que abundar en lo mismo en esta intervención mía resultaría redundante. Las cosas no han cambiado en tan poco tiempo. Y, aunque nos parezca que la situación vasca se mueve a velocidad de vértigo, el movimiento es, con frecuencia, sólo circular. Desde hace algún tiempo, siempre acabamos llegando al mismo punto.

En cualquier caso, si en el turno de preguntas alguien quiere plantear algún tema estrictamente político, estaré dispuesta a responderle.

Pero, como os decía, tengo también una razón más de fondo, más de convicción personal, para huir en esta ocasión de una intervención puramente política. ¿Cuál es esa razón? Yo la expresaría diciendo que no quiero ser reduccionista. Ningún país puede reducirse a su expresión política. Tampoco Euskadi, aunque a veces parezca lo contrario. En mi caso, consideradas las circunstancias en que actualmente vivimos, la tentación más fácil sería volver a abundar en el mismo tema político, contribuyendo con ello a repetir uno de los grandes errores que con frecuencia se cometen en nuestro país y que consiste en una clara sobrepolitización, en un preocupante sobredimensionamiento de la política.

Por eso, yo creo que, aunque no responda a vuestra curiosidad más inmediata, mi mejor contribución a vuestra más amplia comprensión de la realidad vasca es, precisamente, proponeros un cambio de perspectiva y abordar la situación actual de Euskadi con un enfoque radicalmente diferente.

Para ello, quiero tomar pie de dos hechos inmediatos y de una consideración más de fondo.

El primer hecho consiste en el motivo mismo de mi presencia en Argentina. Como sabéis, estoy aquí acompañando a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que ha venido a ofrecer una serie de conciertos en varias ciudades argentinas y en la capital de Chile. Sería por mi parte, no ya una descortesía hacia nuestra Orquesta, sino incluso una deslealtad al objetivo de todo este enorme esfuerzo, si yo no centrara mis palabras hoy ante vosotros en lo que este acontecimiento quiere significar. Es la primera vez que el Gobierno Vasco hace una inversión humana y material de este calibre para presentar en el exterior una faceta poco conocida de nuestro país: su faceta cultural. Sería torpe que yo desviara la atención de este objetivo.

El segundo hecho inmediato que me empuja a huir de un enfoque puramente político está ligado al anterior y consiste en mi propia condición de Consejera de Cultura del Gobierno Vasco. Es, por tanto, la combinación de estos dos hechos ?la presencia de la Orquesta Sinfónica de Euskadi en Argentina y mi propia condición institucional- la que me obliga a adoptar ante vosotros una perspectiva poco habitual y a enfocar mis palabras desde la perspectiva cultural.

Pero hay también, como os he dicho, una consideración más de fondo. La expresaré muy brevemente y entraré con ello en el meollo de mi reflexión. Entre los fenómenos que están ocurriendo en el mundo, vinculados todos, de alguna manera, al gran fenómeno de la globalización, uno de los más importantes es el de la centralidad del hecho cultural. La cultura está saliendo de la marginalidad institucional en que ha vivido y está pasando a ocupar una posición central en las preocupaciones gubernamentales y en el disfrute de bienes por parte de las diversas sociedades. Todos los países desarrollados han descubierto que la cultura no es un fenómeno marginal, que se produce y disfruta en el reducto de la creatividad de sus productores o en la intimidad de cada ciudadano, sino que tiene una estrecha vinculación con el desarrollo económico, con la regeneración de las ciudades, con la recuperación de las tradiciones, con el bienestar de los ciudadanos, con la cohesión social y con la integración política de las naciones. La cultura está comenzando a ocupar el centro del discurso político de muchos países. Y la tendencia irá en aumento. Cultura y desarrollo forman un binomio que estructura el discurso y la estrategia de organizaciones tan dispares, en apariencia, como la UNESCO, de un lado, y el Banco Mundial, de otro.

Euskadi no quiere ser una excepción en esta corriente mundial. Vosotros mismos habéis podido ver la dimensión que está adquiriendo en el País Vasco el fenómeno cultural. Y os habrá incluso sorprendido. Porque, como buenos vascos que sois, no estabais acostumbrados a mirar hacia vuestra tierra de origen desde la perspectiva cultural. También a nosotros, a los vascos del interior, nos ha cogido un tanto por sorpresa el auge que han tomado los fenómenos culturales en el País Vasco actual. Sabíamos que éramos gente trabajadora, buena productora de bienes materiales, emprendedora, manufacturera de acero, de barcos, de máquina herramienta y de bienes de equipo. Pero nunca nos habíamos hecho conscientes de que podíamos ser también notables creadores y entusiastas consumidores de bienes culturales. El éxito que han tenido, hacia adentro de Euskadi y hacia fuera, las recientes infraestructuras culturales del Guggenheim, el Euskalduna o el Kursaal, entre otras, ha sido para nosotros como una sacudida que nos ha despertado de nuestros sueño tradicional.

Os lo voy a decir con un ejemplo gráfico. Allá por 1995, una de nuestras grandes preocupaciones era la reconversión definitiva de los viejos Altos Hornos de Sestao en una Acería Compacta pionera en Europa. Era como el símbolo de nuestra capacidad de adaptación y regeneración económicas. Nadie podía imaginar entonces que el impulso innovador y regenerador iba a venir, más bien, de la construcción de un museo de arte contemporáneo ?el Guggenheim-, en cuya utilidad y potencialidades apenas nadie creía. Tomadlo como ejemplo que admitiría matizaciones, pero que transmite con acierto la idea que quiero comunicaros.

Otro ejemplo podría ser la misma presencia aquí, en Latinoamérica, de nuestra Orquesta Sinfónica. Hace todavía muy pocos años esta iniciativa ni se nos habría ocurrido emprenderla. Nos habría parecido una locura, un gasto superfluo, un dispendio, en un país tan pragmático como el nuestro. Hoy ha sido posible. Hoy creemos que proyectar hacia el exterior la imagen de una Euskadi culta, creadora y consumidora de bienes culturales, no es sólo bueno, sino que es además ?y esto es importante- creíble. Creíble para los de fuera y creíble también para nosotros, los de dentro.

Comprenderéis ahora por qué he querido hablaros de cultura. Porque esta reflexión, que quería ser preliminar y hasta justificativa, me ha introducido ya en el meollo de mis palabras. Pero ¿qué es cultura? ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de cultura, si ni siquiera los diccionarios nos ofrecen una definición precisa y unívoca de ella? Quizá merezca la pena, para comenzar a entendernos, partir precisamente de esta indefinición.

Para acercarnos a lo que cultura significa, yo empezaría por reflexionar sobre este mismo encuentro que estamos manteniendo. ¿Por qué estoy yo hoy aquí y por qué este grupo de personas que vosotros formáis os habéis congregado aquí para escucharme? O, yendo incluso más allá, ¿por qué se fundó y se mantiene vivo, después de cien años, este centro Laurak Bat? Yo creo que sólo hay una respuesta a estas preguntas: porque todos nos sentimos vascos.

La vasquidad, ese sentimiento de pertenencia común, de compartir, en cierto sentido, una misma personalidad colectiva, es la única razón de ser de este encuentro. Podríamos decir que estamos aquí porque participamos de una misma cultura.

En esta primera aproximación, cultura es ese universo de valores, de usos y costumbres, de modos de entender la vida y el mundo, de maneras de afrontar el trabajo, la estructura familiar o las relaciones sociales, ese universo de referentes simbólicos, en suma, que hace que un grupo humano se sienta identificado consigo mismo y se considere una comunidad. Cada uno de los que aquí estamos ha ido adquiriendo, a lo largo de la vida, múltiples referentes de identidad que acaban definiendo su personalidad. Pero en nuestro caso, por encima o, quizá, por debajo de esos referentes que nos definen como personas individuales, con sus notas particulares de adhesiones y pertenencias múltiples en el orden ideológico, nacional, religioso, etc., por encima o por debajo ?digo- de todas esas diferencias que nos individualizan, todos compartimos el sentimiento de tener algo en común, de poder hablarnos unos a otros y entendernos de inmediato, de compartir referentes comunes que hacen posible nuestra comunicación. Podríamos decir que, independientemente de la lengua que hablemos, todos hablamos el mismo lenguaje. Ese lenguaje común que nos permite comunicarnos es precisamente la cultura. La cultura vasca, en este caso.

En este sentido más primario, la cultura es memoria. Tenemos la misma cultura, porque compartimos los mismos recuerdos. Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados, en general, nos han transmitido modos semejantes de ser y de comportarnos, de celebrar las fiestas y de organizar la familia, de relacionarnos unos con otros, de valorar ciertas cualidades y de menospreciar otras. Distinguimos enseguida, por la manera general de comportarse, quién pertenece a nuestro grupo y quién no.

Me gustaría contaros ahora una anécdota que podría ilustrar todo lo que estoy diciendo. Yo, al meno, le concedo un fuerte valor simbólico. Se refiere precisamente a Argentina. Hace un par de años vino a Euskadi, con motivo del encuentro de Gazte Mundu, un grupo de  jóvenes provenientes de las colectividades vascas de todo el mundo. Tuve una larga charla con ellos. Les contaba yo cómo de un caserío de Idiazabal había venido aquí, a Argentina, un miembro de la familia. Instalado ya aquí en una buena hacienda ganadera, escribió a casa para que viniera a unirse con él el hermano menor, muchos años más joven. Se vino, pues, el hermano menor a Argentina, con la  dirección de la hacienda bien aprendida, y, al llegar a ésta, saltó el cercado para acceder a la vivienda. El hermano mayor le estaba mirando desde el porche y vio cómo el joven saltaba la valla. Cuando, por fin, se encontraron le dijo: ?Tú eres mi hermano pequeño, ¿verdad? Te he reconocido porque has saltado la valla como yo mismo lo hacía cuando era joven?. El caso curioso es que entre los jóvenes que me escuchaban contar la anécdota, había una chica que, al terminar el encuentro, se acercó a mi y me dijo: ?El joven que saltó la valla era mi abuelo. También a mi me han contado muchas veces esa anécdota de cómo él y su hermano se conocieron de ese modo?:

No vamos a concluir de esto que todos los vascos saltamos las vallas de los cercados del mismo modo. Pero, si la valla es la vida, el modo de actuar y de relacionarse, sí que compartimos una misma cultura, que hace que podamos reconocernos unos a otros e identificarnos como colectividad. La memoria, ese recuerdo acumulativo de un mismo pasado, forma nuestra cultura común. Es la cultura como patrimonio, como herencia de un pasado compartido.

Yo creo, además, que es importante que sepamos conservar ese patrimonio. Sobre todo, en un mundo cada vez más globalizado, que tiende a hacernos pasar a todos por el mismo rasero de la cultura más fuerte. Por la cultura más fuerte ?digo-, que no es necesariamente la mejor. Y es importante que sepamos conservar nuestro patrimonio tanto en beneficio de nosotros mismos como por el bien de los demás. En beneficio de nosotros mismos, porque todos necesitamos vínculos de identidad, de pertenencia comunitaria, para sentirnos protegidos del peligro del desarraigo y de la despersonalización. Siempre somos un poco lo que hemos sido y, sin este arraigo en nuestro propio pasado, podríamos caer en el vacío de la desorientación total en el mundo, perder los referentes que nos orientan en la vida y que nos dan criterios para elegir entre las opciones que se nos presentan.

Pero es importante también, como decía, por el bien de los demás. Las peculiaridades culturales, si no se hacen intransigentes y aislacionistas, enriquecen la cultura universal. No somos mejores ni peores que nadie. Somos sencillamente distintos, y es bueno que sigamos siéndolo. El mundo, sin nosotros, sin la aportación cultural de lo vasco, sería más pobre, más uniforme, menos variado.

Yo pienso que vosotros, que vivís, por lo general, en sociedades más pluriétnicas y pluriculturales que la nuestra, podéis entender esto último mejor que los vascos que nos hemos quedado allí, en Euskadi. Argentina, por ejemplo, o Estados Unidos ?por poner sólo dos casos- no serían lo que hoy son, si no hubieran sabido aprovecharse de las aportaciones de las diversas colectividades culturales que los han constituido y enriquecido como naciones. Y no hay nada en este discurso en contra de la integración. Todo lo contrario. La auténtica integración consiste en la creación de algo nuevo, de algo mejor y superior, a partir de la aportación de los diversos componentes que integran la nación, sin que éstos desaparezcan del todo en su más íntima peculiaridad. Integración esa dar y recibir sin dejar de ser uno mismo. Es compartir con otros una nueva identidad, la pertenencia a una nueva nación, sin tener por ello que arrancar las raíces que a cada uno le vinculan a su origen.

Pero quizá no sea necesario insistir más en esto. Yo pienso que en esto de conservar el propio patrimonio heredado los vascos hemos demostrado ser bastante tenaces. Hasta tozudos, podríamos decir. No en vano, en ciertos países ?y Argentina es en esto el prototipo-, los vascos hemos adquirido fama de ?cabezotas?. Reuniones como la que hoy estamos teniendo dan buena fe de ello. No queremos olvidar nuestro pasado. Hemos demostrado, por tanto, tener buena memoria. Por eso decía que quizá no sea necesario insistir más en ello en esta charla. Me parece, más bien, que la reflexión que entre todos deberíamos hacer tendría que abordar otros aspectos. Es lo que ahora me gustaría hacer.

La cultura es ciertamente memoria. Y la cultura de una colectividad contiene, sin duda, un alto componente de recuerdo compartido. Pero, naturalmente, no es sólo eso. La cultura es también creatividad, evolución, proyección hacia el futuro. De esto me gustaría hablar a continuación.

Las colectividades humanas, si logran sobrevivir en el tiempo, es porque saben evolucionar, adaptarse y anticiparse a las nuevas circunstancias, crear nuevos modelos de existencia. Sólo lo viejo, lo caduco, vive en exclusiva del recuerdo. Para sobrevivir, es necesario hacerse cargo del presente y saber proyectarse hacia el futuro. Por seguir con la metáfora de las raíces y del arraigo, que antes he utilizado, la raíz sólo tiene sentido, si aflora para convertirse en árbol con todas sus ramificaciones.

Volviendo ahora de la metáfora a la realidad, nosotros, los vascos, los que nos quedamos allí y los que hoy vivís dispersos por el mundo, no podemos limitarnos a reconocernos sólo en las raíces. Tenemos también, y sobre todo, el reto de reconocernos además en nuestras ramificaciones. No sólo en la memoria, sino también en el proyecto. Nuestro gran reto es, no sólo cómo mantener la memoria de un pasado común, sino cómo lograr compartir un mismo proyecto de futuro.

La sociedad vasca es una sociedad mutante. Por eso ha sobrevivido a lo largo de los siglos. Me atrevería a decir que la característica más propia de nuestra cultura es la continuidad en el cambio. Seguimos sintiéndonos vascos como nuestros antepasados, pero apenas nos parecemos en nada a ellos. Nuestros modos de vida actuales son más parecidos a los de cualquier sociedad moderna occidental que a los de la sociedad vasca de hace unos siglos. Pero, a la vez, seguimos sintiéndonos idénticos a nosotros mismos. De una sociedad eminentemente rural, que es la que muchos de vuestros antepasados abandonaron cuando emigraron, hemos pasado por una fase de intensa industrialización  y nos adentramos ahora en una época postindustrial y, por usar un término de uso, bastante  posmoderna.

Nosotros, los que vivimos en Euskadi, somos menos conscientes de los cambios que están produciéndose en nuestra sociedad. Vosotros, los que nos visitáis de vez en cuando, los percibís con mayor claridad y, a veces, me imagino, hasta con un cierto asombro. No nos correspondemos con la imagen que de ?lo vasco? os han transmitido vuestros mayores. La memoria no se corresponde con el proyecto.

Y es que yo creo que ?como os decía al principio- la sociedad vasca está atravesando, en los últimos años, un estadio de profunda transformación. Podría equivocarme, pero me atrevería a decir, con todas las cautelas y matizaciones posibles, que la transformación que estamos experimentando en la actualidad puede compararse con la que sufrió la sociedad vasca cuando, en la mitad del siglo pasado, se adentró en la industrialización y fue abandonando, poco a poco, su estadio rural. Hemos entrado en una nueva era que abarca a todo el mundo y cuyo nombre más exacto, por pretencioso que suene, es el de globalización.

La gran época de una economía basada en la industria pesada del hierro y del acero está dando paso a otra de mayor diversificación industrial y de más alta tecnología. Por otra parte, y como consecuencia de lo anterior, el sector de los servicios va adquiriendo cada vez más relevancia. Todo ello está implicando profundos cambios en lo que podríamos llamar ?usos y costumbres? sociales. Los bienes de consumo, sujetos a la demanda social, van cambiando. El disfrute del ocio y de los productos culturales, en sus más diversas versiones, va situándose en niveles similares a los de cualquier país europeo. En otro orden de cosas, nada de lo que ocurre en el mundo es ya ajeno al País Vasco. En esta sociedad de la información globalizada, la única manera de sobrevivir es abrir lo local a lo universal y descubrir o recrear lo universal en lo local. Todos acabaremos haciendo lo mismo. Lo importante es que cada uno sepamos hacerlo a nuestro modo.

Todo esto está influyendo notablemente en el área de la producción, distribución y consumo de lo que llamamos cultura. Esta última ?la cultura-, en su sentido más amplio, está saliendo de la sectorialización en que estaba encerrada hasta hace bien poco y va introduciéndose, poco a poco, entre los parámetros que han de tenerse en cuenta a la hora de definir el grado de bienestar y calidad de vida de nuestra sociedad. La ?dimensión cultural? cuenta ya a la hora de hablar del ?desarrollo sostenido? de nuestra economía. No ya sólo los gobiernos de nuestras instituciones, sino incluso las entidades financieras y las grandes empresas han entendido que la cultura debe entrar a formar parte de sus estrategias, aunque sólo sea como espacio en el que ganar una mayor legitimación social. La cultura está, por así decirlo, de moda y ?cuenta? en ámbitos en los que hasta hace muy pocos años era considerada marginal o se veía incluso despreciada.

Pienso que vosotros mismos, que os acercáis por vuestro País de origen sólo de vez en cuando, seréis conscientes de estos cambios y de que algo de nuevo está ocurriendo en Euskadi. Os habrá llamado la atención ?lo mismo que ha llamado la atención de muchos vascos que viven allí- el boom de infraestructuras e iniciativas culturales a que estamos asistiendo. En pocos años os habéis encontrado con instalaciones tan importantes y novedosas como el Museo Guggenheim, los Palacios de Congresos y Auditorios del Euskalduna y del Kursaal , el proyecto de nuevo Museo de Arte Moderno de Vitoria, la creciente actividad del Museo de Bellas Artes de Bilbao, etc. Y lo más importante de todo es que todas estas grandes inversiones están teniendo un doble efecto. Primero, un efecto interno, en Euskadi, de enorme aceptación social. Segundo, un efecto externo de proyección de una imagen de nuestro País hacia el exterior.

Por lo que respecta a este último aspecto, el de la imagen exterior, yo, como Consejera de Cultura, os puedo decir que estoy recibiendo más visitantes extranjeros que nunca, los cuales vienen a interesarse por nuestro acierto a la hora de vincular la ?dimensión cultural? al desarrollo de nuestra economía y de nuestra calidad de vida. Hace, por ejemplo, menos de un año se acercó a Bilbao el Ministro de Cultura británico para mantener conmigo y con otros responsables institucionales un encuentro con el objeto de estudiar este asunto. Hace unos meses el Presidente del Banco Mundial me invitó personalmente a una conferencia en Florencia para debatir, bajo el patrocinio del mencionado Banco y de la UNESCO, sobre la relación entre cultura y desarrollo. Hace también unos meses, el pasado año, en la celebración del XL Aniversario de la Fundación Guggenheim, he podido escuchar en Nueva York continuas referencias y alabanzas al éxito del Museo Guggenheim Bilbao.

Son sólo tres ejemplos recientes. Los podría multiplicar. Pero los traigo a colación, no para hacer un ejercicio de autocomplacencia personal, sino para daros a entender que algo para mí muy importante está cambiando en Euskadi en relación con la cultura. Algo, además, que yo pienso que no va a ser pasajero, sino que, por el contrario, va a causar una gran impronta en nuestra sociedad. Nos va a cambiar, por una parte, la percepción que los vascos tenemos de nosotros mismos y va a cambiar, de otro lado, la imagen que proyectamos hacia el exterior. Euskadi es hoy, gracias, en gran parte, a este nuevo impulso cultural, un País que se presenta ante muchos como digno de ser visitado. Prueba de ello es el espectacular incremento de turistas que estamos teniendo.

Pero volvamos a nuestra reflexión. Lo que quiero deciros es que de las raíces que compartimos ?de nuestra memoria colectiva- están surgiendo unas ramificaciones que debemos incorporar todos, los vascos que vivimos aquí  y los que vivís fuera de aquí, a nuestro patrimonio cultural común. No podemos contentarnos ya con compartir los recuerdos, sino que tenemos que compartir también los proyectos. Nuestra comunidad cultural no puede quedarse anclada en el pasado, sino que tenemos que abrirla al futuro. De otro modo, llegará un momento en que podríamos dejar de reconocernos. Tenemos que conseguir que, cada vez que un vasco del extranjero vuelva a su tierra, nos reconozca como suyos y se reconozca a sí mismo como miembro de esta nueva comunidad cultural. Que seamos siendo para él aquel muchacho que se hace reconocer por el modo en que salta el cercado. La Euskadi que vuestros antepasados dejaron no se ha perdido en las nieblas del pasado. Es esta misma Euskadi que se ha transformado, pero que continúa siendo ella misma, no a pesar del cambio, sino precisamente en el cambio.

La incorporación a nuestra personalidad colectiva de estos nuevos modelos culturales que están surgiendo en Euskadi es, por otra parte, el único modo de mantener a las generaciones más jóvenes ligadas a la comunidad. El joven mira más al futuro que al pasado, se interesa más por el proyecto que por el recuerdo. Se va a sentir, sin duda, más vinculado a la comunidad en razón de las nuevas realizaciones que en virtud de las ?historias? que se le puedan contar.

Para conseguir esta vinculación, para que no se rompa nuestro sentido de pertenencia y comunidad, no hay otro instrumento mejor que el de mantener viva y constante nuestra comunicación. La vasquidad a la que todos nosotros queremos pertenecer no puede ser sólo una vasquidad del pasado, sino que tiene que ser la vasquidad que entre todos seamos capaces de construir día a día. Como os decía, no podemos compartir sólo la memoria. Tenemos que compartir también el proyecto. Y el proyecto de Euskadi está gestándose en la nueva cultura que las generaciones actuales tratan de incorporar a nuestra propia personalidad.

Hoy lo tenemos más fácil que nunca para establecer canales fluidos y constantes de comunicación. Si algo caracteriza al mundo actual, es precisamente eso: la comunicación. Hoy ya no tenemos que esperar a que el joven salte la valla para reconocer su gesto en la memoria, sino que podemos seguir, día a día, cuál es su evolución y reconocerle de inmediato sin echar mano del recuerdo. Ese es el gran instrumento que debemos utilizar para mantener, entre todos, lo que yo he definido como nuestra característica más peculiar: la continuidad en el cambio. Hacemos cosas distintas, pero las hacemos siempre a nuestro modo. La comunicación permanente nos servirá, precisamente, para reconocer en esas cosas distintas que hacemos el modo constante de hacerlas.

Yo creo que en esto también estamos avanzando. Nos estamos haciendo cada vez más presentes, por ejemplo, en internet, aunque aún nos queda mucho por hacer. Hemos lanzado, y seguiremos mejorando, nuestra televisión por satélite. Queremos haceros partícipes en directo de algunas de nuestras actividades culturales. La visita de la Orquesta Sinfónica de Euskadi a Argentina y Chile es una de esas iniciativas. Tendremos que pensar asimismo en cómo poner a vuestra disposición la parte más significativa de nuestra producción literaria, gráfica o cinematográfica. Y, al mismo tiempo, deberíamos también trabajar en cómo acercar a Euskadi iniciativas culturales que estén produciéndose en vuestras colectividades. Quizá el sistema de fundaciones mixtas que se ha creado, los conocidos Institutos vasco-americanos, podrían abrirse también al área cultural, más allá de las actividades económicas que con tanto éxito están llevando a cabo. Podrían erigirse, junto con las Casas Vascas, en instrumentos importantes de comunicación entre las diversas colectividades vascas de todo el mundo. Me refiero, por ejemplo, a iniciativas como la que está llevando a cabo el Instituto Vasco-Mexicano, el cual, en colaboración con las Universidades Iberoamericana y de Deusto, ha organizado un curso de diplomatura sobre aspectos muy interesantes y actuales de la realidad de Euskadi, así como sobre la influencia de los vascos en el Continente americano a través de la historia. Iniciativas de este tipo contribuyen  a mantener una vinculación que va más allá que el arraigo en una misma memoria compartida.

Los instrumentos están, por tanto, ahí. Lo importante es saber utilizarlos. Hacer que nos sirvan, no sólo para mantener viva nuestra memoria colectiva, sino también, y sobre todo, para hacernos a todos partícipes de nuestro presente y de nuestros proyectos de futuro.


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