|
|
Inicio > Cultura vasca > Guerras Carlistas e Inmigración - Parte 1
Guerras Carlistas e Inmigración - Parte 1Por Carlos Larrinaga, Profesor de la Universidad del País Vasco.
3 de septiembre de 2002, 01:49 am
Entre 1839 y 1876, final de la Segunda Guerra Carlista, muchos habitantes del País Vasco y Navarra tuvieron que emigrar como consecuencia de los desastres bélicos, pero sobre todo por su condición de perdedores. Los carlistas que no quisieron atenerse al Convenio de Vergara de 1839 ni a la proclama de Somorrostro de 1876 optaron por expatriarse. Si bien es verdad que la mayoría de ellos eligieron Francia como destino para emprender una nueva vida, hubo quienes se embarcaron en Bayona con rumbo a las recién nacidas repúblicas del Río de la Plata. En este sentido, cabe recordar que Bayona había sido un puerto tradicional de salida de vascos peninsulares hacia el Sur de América. Se podría decir que los acontecimientos históricos del siglo XIX suministraron, en general, una amplia base de concienciación política. Así, al individuo vasco con formación política tales reveses militares le causaron una profunda angustia y frustración personales. En el caso de la población apolítica, el agudo miedo a la guerra y el resentimiento por los abusos cometidos por ambos bandos en las distintas luchas constituyeron motivos más que suficientes para tratar de huir. Una vez concluida la Primera Guerra Carlista, a partir de 1840 comenzó en el País Vasco una emigración notable encaminada preferentemente a Sudamérica. Se puede hablar de una auténtica merma de brazos jóvenes que, por un lado, no encontraban ocupación, pero que, por otro, se sentían incómodos en la vida política que les imponían los vencedores. No hay que olvidar que la mayor parte de los habitantes de los pueblos vascos y navarros simpatizaban con los carlistas. De ahí que en el nuevo contexto un importante número de ellos, descontentos con la nueva situación, decidiera optar por la emigración. Más aún si tenemos en cuenta que ésta no era en absoluto una solución novedosa, sino que se venía practicando desde mucho tiempo atrás. El número de carlistas que entraron en Francia tras el final de la contienda fue de 20 a 25.000 aproximadamente. El gobierno francés instaló entonces 16 campos de refugiados. Acosados por los agentes del gobierno español por un lado y por la policía francesa por otro, algunos emigrados carlistas optaron por alistarse en la Legión Extranjera francesa para ir a Argelia. Otros optaron por quedarse en Francia definitivamente, donde incluso abrieron comercios que prosperaron. Algunos más pasaron a América desde los puertos de Burdeos y Bayona. No obstante, en 1842 fueron muchos los carlistas que pidieron al cónsul español de la ciudad francesa de Sète permiso para regresar a España. Ahora bien, la marcha hacia América no sólo se organizó desde el sur de Francia, sino también desde la misma España. Así, por ejemplo, el número de personas que en los años 1840 a 1842 efectuaron algún trámite para emigrar y de los que ha quedado testimonio en los escribanos de la provincia de Guipúzcoa ascendió a unos 1.246, de los cuales un 78% fueron varones y un 22% mujeres. Este gran desequilibrio se acentúa aún más con la edad. En efecto, hasta los 16 años, el 56% fueron varones y el resto mujeres. Pero a partir de los 16 años la emigración se hace masivamente masculina, de suerte que el número de hombres llegaba hasta el 90% del total. Este relativo equilibrio entre sexos en la niñez y en la adolescencia se debió a que, por lo general, en estas etapas los emigrantes eran hijos de matrimonios que se embarcaban hacia América. Pero cuando la emigración no afectaba a familias, sino a individuos, ésta fue fundamentalmente masculina. Además, de estos 1.246 futuros emigrantes, sabemos la edad de 153, resultando una edad media de casi 21 años para los varones y de poco más de 16 para las mujeres, lo que pone de manifiesto la temprana edad a la que se emigró. Y si bien es cierto que no existen evidencias claras de que todos ellos partieron hacia América, los datos provienen de una época considerada por los coetáneos como de fuerte emigración hacia ese continente en comparación con las épocas anteriores. Así parece deducirse de lo escrito en 1847 por Pascual Madoz en su famoso ?Diccionario?, quien, al hablar de Guipúzcoa, afirmaba que la emigración en los últimos años había sido extraordinaria, aunque gracias a las empresas que iban surgiendo en la provincia, como consecuencia de su proceso de industrialización, se iban ?evitando esas emigraciones que hace unos años salían para América con mengua del país, con desdoro del gobierno, con ultrage de la humanidad?. De hecho, sabemos que en 1841 y 1842 había en Pasajes cuando menos cuatro comisionistas, representantes de tres casas de comercio de Montevideo. Estos comisionistas se comprometían a llevar al continente americano a los emigrantes por una determinada cantidad, la cual se pagaría al cabo de cierto tiempo, de cinco a doce meses, en el lugar de destino, y a los comerciantes de quienes eran comisionistas estos enganchadores. Lógicamente, resulta muy difícil averiguar si estos emigrantes marcharon hacia América por razones estrictamente políticas y a consecuencia de su carácter de vencidos en la Primera Guerra Carlista. Las fuentes documentales no son tan explícitas al respecto. Sin embargo, cabe suponer que una parte de ellos, disconformes con la implantación del liberalismo en España, frustrados por la derrota militar sufrida y desengañados por la merma foral que supuso el decreto de Espartero de 25 de octubre de 1841, decidiera abandonar el País Vasco y Navarra y emprender la aventura americana. Más aún, como ya se ha dicho, cuando esta salida tampoco era nueva y venía produciéndose desde tiempo atrás. En este sentido, podría hablarse de una falta de adaptación a los nuevos tiempos y de un profundo desencanto ante el sistema político imperante, teniendo en cuenta, además, los graves daños económicos que en tierras y haciendas supone toda guerra civil. Es muy probable, por consiguiente, que todos estos factores influyeran decisivamente en un número no desdeñable de estos emigrantes en el momento de decidir emprender una nueva vida en América del sur. El flujo migratorio hacia ultramar no cesó a partir de 1842, sino todo lo contrario. De hecho, Pasajes se convirtió en la principal salida para los emigrantes que partían hacia Buenos Aires y Montevideo. Ahora bien, gracias a la información que tenemos sobre el origen geográfico de los embarcados en ese puerto, podemos decir que Pasajes se convirtió en polo de atracción para los emigrantes no sólo de Guipúzcoa, sino de todo el País Vasco peninsular, de Navarra y, sobre todo, del suroeste francés. Así, por Pasajes partieron hacia América a principios de los años cincuenta emigrantes que venían de zonas más distantes y además de áreas urbanas. Por el contrario, la demarcación próxima a Pasajes, que en 1840-42 había proporcionado una parte importante de la emigración guipuzcoana, descendió. Es como si en esos años hubieran emigrado los más próximos al puerto de embarque y que, vaciado ese espacio de potenciales pasajeros, el movimiento migratorio hubiera dado un salto hacia el interior. De ahí que el perímetro de influencia de Pasajes, en lo que a la emigración hacia Sudamérica se refiere, se amplió considerablemente. Con todo, en 1854 siguieron siendo las zonas montañosas las que más gente proporcionaron a la emigración. En este sentido, cabe pensar que, además de ser un ámbito donde el carlismo se mantuvo con fuerza, este área fue la que pervivió en una situación económica de mayor atraso. Por lo que a las razones meramente políticas habría que añadir las no menos importantes motivaciones económicas. Dicho todo esto, es necesario traer a colación igualmente la existencia de unos factores de atracción que debieron jugar un importante papel entre los posibles emigrantes vascos para que se decantaran por Buenos Aires en particular y Argentina en general. En efecto, una actitud más favorable a la inmigración por parte de los países sudamericanos se aprecia ya desde los años treinta del siglo XIX. La explotación de sus inmensas riquezas exigía una política demográfica liberal, basada en el establecimiento de extranjeros. De esta manera, en Argentina, en 1852 se eximió a los españoles del servicio en la milicia local y se les concedió el derecho a organizarse y la Constitución de 1853 abrió ampliamente las puertas a la inmigración, de suerte que en años sucesivos la afluencia de europeos fue adquiriendo un volumen desconocido hasta entonces. A su vez, en 1862 se constituyó la Comisión Protectora de Inmigración como uno de los instrumentos más importantes para la vigilancia e inspección del fenómeno inmigratorio. Por su parte, la Ley General de Inmigración y Colonización de 1876 o Ley Avellaneda supuso la máxima expresión en esta materia, coincidiendo, en relación al caso vasco que aquí nos ocupa, con el término de la Segunda Guerra Carlista, el triunfo de los liberales y la abolición de los fueros. Además, las mejoras económicas que experimentó el país durante estas décadas debieron ejercer igualmente un efecto atractivo sobre los vascos. En efecto, debió ser en la época de la dictadura de Rosas (1835-1852) cuando tuvo lugar un importante crecimiento de la ganadería en Argentina. La traída de ovejas a este país para la producción de lana, merinas de origen alemán, parece datar de 1813. En los años veinte se trajeron nuevas ovejas de España y Gran Bretaña, resultando los ensayos de su adaptación un éxito, de manera que a partir de 1835 se aumentó considerablemente la cría de este tipo de oveja. Pronto Gran Bretaña se convirtió en el principal demandante de lana, aunque la exigencia de una fibra más larga por parte de la industria europea estimuló la sustitución de las ovejas merinas de origen sajón por otra raza de origen francés (Rambouillet). Las exportaciones de lana por Buenos Aires pasaron de 425 Tm en 1832 a 1.812 en 1837, siendo en los años cincuenta cuando el movimiento exportador tomó verdadera importancia. Así, para 1863, el envío de la lana proveniente de Argentina y de Uruguay a Europa y los Estados Unidos superaba ya a la exportada por Australia. Quiere esto decir que en los puestos de trabajo generados por estas nuevas relaciones comerciales en las que la economía argentina se insertó se fue integrando buena parte de la inmigración vasca a este país. La entrada del Río de la Plata en los circuitos internacionales generó una gran cantidad de empleos, muchos de los cuales fueron ocupados por oriundos del País Vasco y Navarra. La venta al exterior de lana exigió montar un sistema de recogida a lo largo de las dispersas estancias, de manera que, para mediados de los cincuenta, ciertos vascos actuaban como intermediarios entre los ganaderos y los exportadores, por lo general extranjeros. Además, una buena parte de los puestos de trabajo más duros y mejor pagados de los saladeros de carne fueron ocupados por vascos. Los más afortunados se hicieron dueños de estancias y de saladeros o se convirtieron en medianos comerciantes. Otros se embarcaron en la colonización de la Pampa. Por otro lado, desde el Convenio de Vergara de 1839, por el que se ponía fin a la Primera Guerra Carlista, hasta 1856 se había producido un aumento considerable de las actividades industriales en Guipúzcoa, pese a lo cual, la emigración hacia el Río de la Plata se había seguido produciendo. En Navarra, en 1852, primero el gobernador y luego el obispo trataron de disuadir a los habitantes de los pueblos de la montaña para que no abandonaran el país. En consecuencia, junto a la nueva disposición de las autoridades de los países receptores, la necesidad de mano de obra ante las novedosas circunstancias económicas creadas debió actuar como factor de llamada para los emigrantes vascos, muchos de los cuales debieron sentirse atraídos por una nueva vida en Sudamérica después de que los partidarios de don Carlos no lograran hacerse con el poder en España. Con todo, habría que añadir también que un elemento de atracción tan importante o más que las políticas favorecedoras de la inmigración o las posibilidades económicas de las repúblicas del sur de América fue la existencia de familiares o vecinos establecidos en ellas de antemano. Fueron éstos los que a menudo propiciaron o impulsaron en bastantes ocasiones la salida de vascos hacia el Nuevo Mundo. De esta manera fue bastante normal que el emigrante establecido en América reclamara la presencia allí de algún pariente ofreciéndole una ocupación en alguno de sus negocios. Este hecho generó un movimiento migratorio en cadena que llevó a los de un mismo pueblo o a los habitantes de lugares próximos a escoger un idéntico destino en América. En tales circunstancias, algunos de ellos, descontentos con la situación política generada tras la Primera Guerra Carlista, es muy posible que optaran por la vía americana. Aunque cabe pensar que por lo general no sólo existió un único motivo para cruzar el océano, sino que debieron ser varios los que condicionaron una decisión de semejante trascendencia. Por su parte, el final de la Segunda Guerra Carlista fue bien distinto al de la Primera. En efecto, mientras en 1839, los generales Espartero y Maroto, en representación de las fuerzas liberales y carlistas respectivamente, habían conseguido llegar a un acuerdo materializado en el denominado Convenio de Vergara, en virtud del cual buena parte del marco foral vasco era respetado por el régimen liberal triunfante, en 1876 no existió un pacto de tal naturaleza y lo que realmente se produjo fue una derrota del carlismo. Al contrario que en 1839, en 1876 asistimos a un triunfo militar del liberalismo, lo que implicó, a la postre, la abolición foral. Es decir, aquel conjunto de leyes, privilegios y costumbres que había marcado la vida política y administrativa del País Vasco durante siglos era en estos momentos eliminado. Desde una perspectiva meramente política, los fueros vascos no tenían cabida en la nueva planta constitucional de carácter liberal impuesta en España. La revolución liberal era incompatible con otros ordenamientos jurídicos provenientes del Antiguo Régimen. Además, conviene recordar que los fueros vascos eran los únicos que aún pervivían en España, ya que los fueros de los antiguos reinos de la Corona de Aragón habían sido suprimidos a principios del siglo XVIII por Felipe V, primer rey de la dinastía borbónica en España. Sólo los vascos y los navarros, que se habían posicionado a favor de Felipe, consiguieron mantener su sistema foral. Aunque a medida que los ideales liberales fueron imponiéndose, la pervivencia de los fueros fue haciéndose cada vez más difícil. El Convenio de Vergara supuso una primera modificación de los mismos. La Ley de 21 de julio de 1876 implicó la eliminación de los mismos. Ello a pesar de que los liberales vascos eran partidarios de mantener el sistema foral, adaptándolo, eso sí, a los postulados del liberalismo. Por consiguiente, políticamente hablando, la ley de 1876, por la cual los fueros vascos quedaron suprimidos, no sólo iba en contra del posicionamiento de los carlistas vascos, sino también de los liberales, a pesar de que habían sido los primeros quienes mejor habían sabido capitalizar la idea de identificación entre carlismo y fueros.
Copyright © 1997-2012 Fundación Vasco Argentina Juan de Garay. |
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||