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El explorador Enrique de IbarretaPor Susana T. P. de Domínguez Soler.
4 de junio de 2003, 08:08 pm
Pedro Enrique de Ibarreta y Uhagon, nació en Bilbao el 8 de agosto de 1859, en el seno de una familia aristocrática, una de sus hermanas fue dama de honor de la reina María Cristina. Ingresó en la Escuela Militar de Ingenieros en Guadalajara, donde se destacó por su clara inteligencia y sus condiciones naturales de líder entre sus condiscípulos. Su padre, al enterarse que se había batido a duelo con un condiscípulo, consideró que su hijo no era digno de pertenecer al ejército y lo retiró del colegio, sin concluir sus estudios. Traslado a ArgentinaSe radicó en nuestro país, primero en Buenos Aires, luego en Córdoba, donde revalidó su título, y después a Rosario. Se desempeñó como Ingeniero Geógrafo; en tal carácter trabajó en la mensura de un campo de 100 leguas, propiedad del banquero Carlos Casado del Alisal, en el Chaco santafecino. Al término de este trabajo, Ibarreta invitó a su socio el ingeniero Joaquín de Posadillo a atravesar el casi desconocido y temido Chaco, de Este a oeste; entre ambos convencieron al grupo de peones que los secundaban y se lanzaron a una aventura que casi terminará trágicamente; ocho meses después aparecieron frente al Fortín tostado, en la línea en proyecto con el ferrocarril a Tucumán, cuando se los daba por muertos, a tal punto que en rosario, lugar de residencia de Ibarreta, se oficiaron funerales en su memoria. En mayo de 1895, emprendió una nueva expedición, esta vez al alto Paraguay y la frontera con Brasil en busca de yacimientos auríferos, emprendimiento que, también, por poco no termina trágicamente, ya que él y sus acompañantes fueron rescatados por un vaporcito de una compañía harinera que operaba en Puerto Deseado, Paraguay, en pésimo estado físico. Posiblemente durante esta expedición comenzó a madurar el proyecto de lograr la navegación del río Pilcomayo, empresa que nunca había podido concretar y que en numerosas ocasiones había costado la vida a quienes lo intentaron. La guerra en CubaEl proyecto sufrió una postergación al incorporarse en calidad de voluntario a las fuerzas de su patria que luchaban en cuba. Participó de numerosos combates mereciendo por el valor demostrado una importante condecoración y un grado de oficial que le auguraba un destino brillante en la carrera de las armas. En 1897 regresó a Buenos Aires donde se proveyó de un equipo y de la información disponible para concretar su aspiración de navegar en el Pilcomayo en toda su extensión, partiendo de Bolivia. La expedición al PilcomayoEn enero de 1898 ya estaba Ibarreta en la capital de Bolivia, intentando conseguir financiamiento para la expedición. Con este propósito llegó hasta el mismo presidente Alonso, quien intentó disuadirlo para que abandonara el proyecto. La crisis económica boliviana impidió que se le prestara alguna ayuda, pero se acordó que si Ibarreta lograba llegar a la desembocadura del Pilcomayo en el río Paraguay librando así una importante vía de comunicación para Bolivia, sería recompensado con la entrega en propiedad de una considerable extensión de tierras. Con el consentimiento del gobierno boliviano, Ibarreta se instaló en Colonia Crevaux, así llamada en homenaje al explorador francés asesinado 15 años antes, último punto civilizado del país. Acompañado de su asistente Martín Beltrán (español como él) y con el valioso asesoramiento del prefecto del lugar que cumplió órdenes impartidas por el gobierno boliviano, Ibarreta se dedicó de lleno a preparar la expedición logrando entre otras cosas, contratar seis peones ?hechos a la persona del monte que habían trabajado en la comisión de Límites Argentino-Boliviana y que esperaban un pagador de sueldos que nunca llegaría?. Con un plan perfectamente trazado y temeroso de las deserciones de sus flamantes contratados, Ibarreta decidió trasladarse un poco más adelante aún, al Fortín San Antonio (abandonado) sin contacto alguno con la civilización, donde de inmediato dio comienzo a la construcción de las embarcaciones que utilizaría. Los Preparativos?He ideado, decía en una de sus últimas cartas fechada en Colonia Crevaux, una forma de chalana cuya estructura impediría en caso necesario volver las espaldas al objeto que persigo, pues su forma es tal, que aguas abajo serán de fácil navegación, pero corriente arriba de todo punto imposible, ni aun a fuerza de remos?. Estas embarcaciones tenían seis metros de largo, estaban construidas de madera delgada pero fuerte, forradas con cuero crudo y navegarían sujetas la popa de la primera con la proa de la segunda. Sobre cada una de ellas, corría un armazón de hierro para la colocación de un toldo para protegerse dl sol y especialmente de la vista de los aborígenes en caso de ataque. Ambas poseían troneras que servían para disparar si debían repeler agresiones. La primera de ellas tenía, además de un castillete a proa para la ubicación de un vigía. Completaba el ingenioso trabajo un pequeño bote remolcado por la segunda chalana. El 22 de mayo de 1898 las chalanas fueron botadas exitosamente; el paso siguiente consistió en la carga de los elementos acopiados y que básicamente eran víveres para dos meses y medio, doce ?Winchester? y tres escopetas con suficiente munición, treinta granadas tiros de dinamita que servían para abrir para abrir pasos en caso de obstrucciones en el río, instrumental científico, vajilla, objetos para pescar, etc. La tripulación estaba integrada por Ibarreta, y su asistente Martín Beltrán (español), Tomás Moyano, Florentino Leiva, Telésforo Burgos, Belisario Antolín (argentinos), Eloy Rivera, Ceferino Aya, José Sánchez y Rómulo Giráldez (bolivianos), los dos últimos soldados consiguieron la correspondiente licencia para acompañar a Ibarreta. A último momento se incorporaron Manuel Díaz, jovencito de 14 años, sin familia, que vivía deambulando por el inhóspito lugar y Rosa y Cochona, dos aborígenes que regresaban a sus tribus sitas a ?unas 4 ó 5 jornadas del lugar?. El inicio de la aventuraEl 3 de junio de 1898, iniciaron la marcha sin mayores dificultades durante varios días hasta que debieron detenerse ante un dique natural de troncos y material de arrastre, que obstruía el paso. Rosa y Cochona actuaron de intérpretes ante numerosos indios mansos, que se hicieron presentes con curiosidad; Ibarreta hizo uso de la dinamita para despejar el obstáculo. Más adelante corrieron serio riesgo cuando, desde ambas orillas, estuvieron a punto de ser atacados por Chortís que se dispersaron aterrorizados ante un par de granadas que Ibarreta hizo estallar en el río. Rosa y Cochona dejaron la chalana, al reconocer su territorio. Dos días después de dejar a las indias, las embarcaciones llegaron a los temidos rápidos del Padre Patiño, lugar donde había sido asesinado el sacerdote que da su nombre a los rápidos y al estero; una cascada de cinco metros de altura de caída casi vertical, el agua se deslizaba por una meseta de unos ochenta a cien metros y luego un nuevo salto de dos metros y medio. La situación era difícil, Ibarreta desechó rápidamente la idea de transportar por tierra las embarcaciones y equipo, pues para lograrlo deberían hacer picadas en el cerro monte a ambas márgenes del río. Para sortear la caída de agua construyó una suerte de andamiaje sobre la cascada con árboles cercanos, por el que audazmente y en compañía del niño Manuel Díaz que lo seguía a todas partes, se lanzó con la primera chalana, que logró detener casi sobre el segundo salto. Con esta experiencia exitosa pasaron la segunda embarcación y el salto más pequeño les costó menos esfuerzo; en toda esta operación demoraron seis o siete días. El 14 de Julio, veintiocho días después de la partida de San Antonio, reanudaron la marcha que por lo cambiante de la característica del paisaje, se fue haciendo más penosa: desaparecieron las barrancas, la profundidad disminuía constantemente y las provisiones comenzaron a agotarse. Así transcurrió todo el mes de julio y el 2 de agosto, día en que cumplía cuarenta años Ibarreta, brindó con los últimos restos del anís que le quedaba. Desde el 15 de agosto tuvieron qu7e trabajar sin descanso para avanzar penosamente a fuerza de machete, entre la exuberante vegetación y los esteros. Habían perdido el cauce del río, la navegación se hizo imposible, escondieron las chalanas y acamparon. La zona presentaba escasa casa y con los víveres agotados, debieron alimentarse con un viejo caballo comprado a unos indios y uno de los dos perros que llevaban. El campamentoAnte esta situación, Ibarreta decidió solicitar ayuda a Formosa, ciudad la que según sus cálculos estaría a cuarenta leguas. El 12 de septiembre de 1898, partió la comisión en demanda de auxilio a Formosa. Ibarreta, antes de la partida improvisó una alocución en la que nombró como jefe de la expedición a Beltrán y los reemplazantes serían Rivera y Leiva en ese orden. Entregó a Beltrán las cartas y telegramas para despachar desde Formosa, un par de mapas con el itinerario a seguir, una brújula de bolsillo, una libreta para que registraran diariamente el recorrido, accidentes geográficos, etc., víveres y Winchester con 150 litros a cada uno de los expedicionarios. El se quedaría un año en ese lugar esperando los refuerzos, les recordó antes de despedirse que la expedición al Pilcomayo podía considerarse exitosa, pues nadie había recorrido antes lugares tan lejanos y desconocidos para el hombre blanco. Ibarreta quedaba en el campamento que situó en 23º 30´ de latitud sur en compañía de Burgos y el joven Díaz, con el instrumento científico y buen armamento. La partida a FormosaLos comisionados comprendieron la penosa marcha siguiendo el rumbo indicado durante varios días, por un terreno de esteros y pajonales, con escasez de caza, esto los decidió a cambiar el rumbo hacia el sudeste. Una curiyú cazada por Leiva, los fortaleció en algo la hambruna, se comieron hasta el perro. Al octavo día de marcha, Beltrán gravemente enfermo, entregó la jefatura a rivera. Sánchez, también enfermo, se quedó en el lugar. Los demás continuaron la marcha penosamente, hasta llegar al río Pilcomayo. Construyeron una balsa de troncos para dejarse llevar por la corriente, ésta zozobró perdiendo todo el equipo en el agua. Vadearon el río, que no era profundo, del otro lado del río vieron huellas de caballos, las siguieron pero al poco tiempo por las características del suelo se perdieron. Perdidos, acosados por el hambre y la sed, Moyano cayó muerto repentinamente. Rivera le entregó el mando a Leiva y cayó en agonía. Los sobrevivientes con la conducción de Leiva siguieron la marcha. Ocho días después falleció Ayala y doce días más tarde Antolín. Quedaron sólo Leiva y Giráldez deambulando sin rumbo cierto, comiendo raíces o algún animal. El 29 de noviembre, casi a tres meses de marcha, encontraron a dos indios mansos ?Lenguas?, que entendían algo de castellano y accedieron a llevarlos a los toldos, en donde saciaron el hambre y la sed y durmieron sobre unos cueros de oveja. Convivieron en tolderías durante doce días hasta arribar a una misión anglicana el 11 de diciembre, en donde fueron atendidos y les dieron ropas. Los misioneros los condujeron en sus carretas hasta Villa concepción, su fuente de abastecimiento, desde donde embarcaron en el vapor ?Silex? a Asunción. El 21 de diciembre se embarcaron hacia Formosa en el vapor ?San Martín?. Fueron recibidos por el gobernador Uriburu, quien impresionado por el relato de los sobrevivientes Leiva y Giráldez ordenó que los internaran en el Hospital Militar en donde fueron convenientemente asistidos. Conforme a las notas de la libreta comprobaron que en vez de realizar en ocho días, deambularon por esteros y montes cerrados durante tres meses recorriendo 159 leguas. El triste fin de IbarretaEnrique de Ibarreta se quedó en el campamento con Telésforo Burgos, el peón enfermo, y con Manuel Díaz. Cerca del campamento de Ibarreta se encontraba una toldería pilagás gobernada por el cacique Cubataga, quienes mantenían un trato cordial con los exploradores, ganándose la confianza de Ibarreta. En una oportunidad visitaron el campamento, con el pretexto de vender una oveja los hijos del cacique Juanito y Danasagi. Mientras Juanito entretenía a Ibarreta tratando la venta del ovino, Danagasi acercándose sigilosamente, le aplicó de atrás un golpe de macana hundiéndole el cráneo; después lo degollaron a Díaz y saquearon el campamento, Burgos corrió la misma suerte. Este relato que los indios tobas hicieron a José Fernández Cancio, comerciante de Clorinda, gran amigo de los indios. Al rescate de los restosTodos los intentos por localizar el campamento de Ibarreta para rescatarlo si es que aún vivía, o para recuperar los restos, fracasaron. Varios exploradores, entre ellos el capitán montero por vía fluvial, el comandante Bouchard, el sacerdote Terencio Marcucci, Carmelo Uriarte por vía terrestre lo intentaron. José Fernández Cancio acompañado de Carmelo Uriarte, que patrocinado por el fuerte industrial Juan Carter de Buenos Aires, había fracasado dos veces en el intento de llegar al campamento explorador, llegó a los dominios del cacique pilagás Isquis el 17 de junio de 1900. Tras mucho deliberar y mediante una paga en yeguas y bueyes, el cacique indicó a Cancio el lugar donde estaban sepultados los restos de Ibarreta y Díaz, a un día de camino. Allí marchó Cancio con dos peones y recogió los restos de Ibarreta que fue reconocido por la peculiar forma del mentón y de las piezas dentales tratados por odontólogo y los del joven Díaz. Cancio entregó los depojos de Ibarreta a Uriarte quien los trasladó a Buenos aires, dándoselos a Juan Canter, quien dispuso su sepultura en el cementerio de la Recoleta. En el lugar quedó una cruz de madera colocada por Uriarte y Cancio. El 29 de julio de 1904 fue reemplazada por otra de material. BibliografíaIbarreta, Correrías por América del Sur; Miguel de Somonte; Macll ed. 1902 El explorador Ibarreta en el Pilcomayo, noticias de la Prensa Sudamericana, .luan de Ibarreta, Madrid, 1900 Nuevo Diario, Formosa, 6 de diciembre de 1990. Profesor Rafael Romero Bernal. Fuente: Euskaldunak - Los Vascos Año IV N° 9 Abril de 1998.
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