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Características de la inmigración vasca en el Cono Sur

A partir de principios del siglo XlX el 70% de los emigrantes vascos eligieron el destino rioplatense junto con otras repúblicas latinoamericanas y el oeste norteamericano.

A partir de la terminación de la guerra con el Brasil en 1827,se establece una corriente migratoria europea continua, que fluctúa entre Montevideo y Buenos Aires como destinos, según los conflictos que se produjeran en estas regiones.

Hacia 1840, ya producida la independencia del Uruguay,  vasco de Iparralde y bearneses comenzaron a arribar a Montevideo, durante la presidencia de Rivera, atraídos por su ministro Lucas Obes, quién fue un gran impulsor de la inmigración vasca y canaria, inicialmente explotadas por la agencia inglesa de Fisher y Lafone.

Este país, en muchos casos significó el acelerador de los procesos de inserción y asimilación para quienes posteriormente pasaron a radicarse en la Argentina. También se dió el movimiento inverso. Así como los vascos comenzaron viniendo a la Argentina entre los años 1825 y 1835, muchos se orientaron al Uruguay durante el gobierno de Rosas. El sitio federal de Montevideo a partir de 1843 aumentó el traslado de vascos hacia estas orillas. La caída de Rosas mejoró el flujo migratorio hacia el país vecino, dados los conflictos entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires y la renovación de los malones indios.

Argentina se presentaba en el siglo XlX, como uno de los países menos poblados de América del Sur, con una gran falta de mano de obra. La élite dirigente que gobernó el país durante la segunda mitad del siglo XlX  reconoció  la necesidad de favorecer la inmigración como instrumento para modernizar la Argentina. Desde 1853 la Constitución ofrecía al extranjero los mismos derechos que al argentino, salvo votar y ser elegido. La libertad de cultos, la exención del servicio militar y la estabilidad jurídica y política  atraerían a la inmigración masiva que comenzaría a llegar. Pacificado el país, desde 1870, la inmigración a la Argentina creció en forma notable. La Argentina se vió mucho más favorecida que el Uruguay en el aumento del flujo migratorio, que hasta la década de 1930 se mantuvo a un ritmo sostenido.

Medios de atracción de inmigrantes

En Europa muchos agentes de inmigración realizaron una activa propaganda. Seguramente entusiasmaron especialmente en los primeros tiempos a muchos que ignoraban la realidad argentina, prometiendoles el paraíso una vez que pisaran la nueva tierra y no eran pocas las veces que terminaban embaucándolos.

Las compañías de viaje estaban vinculadas a las autoridades consulares y a los armadores de barcos que realizaban el circuito de Europa a América. A su vez accionaban combinados con las empresas de inmigración como por ejemplo la firma Fisher y Lafone en Montevideo.  Hubo también intermediarios que eran al mismo tiempo alcaldes o cónsules en las ciudades vascas. Pero la forma más común de emigrar fue por las llamadas "cadenas migratorias". Generalmente algún pariente, padre, hermano, hijo, novio, tío, amigo, conocido o quien fuere que había viajado antes y se había abierto un camino, mandaba llamar por carta o por algún tercero, al pariente o amigo que aún vivía en la tierra de origen, ofreciendole trabajo.  Son inmumerables los ejemplos de emigrantes que vinieron de esta forma.

El precio del pasaje

El precio del pasaje era accesible para pocos, ya que la mayoría emigraba por causas económicas. Las compañías se aprovechaban de esta situación e imponían duras condiciones a los emigrantes. Hubo otras formas de pago. Hacia 1840, la mayoría se obligaba a trabajar durante algunos meses a favor del armador del barco, quien a su vez  transfería esta obligación a terceros que vivían en Buenos Aires o Montevideo. Otros vendían o hipotecaban sus bienes en el País Vasco y otros lo obtenían mediante garantías de fiadores que en plazos preestablecidos cancelarían la deuda, contando con los reembolsos del inmigrante.

Licencia de emigración

La inmigración vasca estuvo constituida mayoritariamente por personas jóvenes y muy jóvenes de ambos sexos, con edades aproximadas entre los 12 y los 30 años, en plena edad productiva y reproductiva lo que significó una pérdida importante para el país de origen y un aporte importante para nuestro país. Todo menor de edad o asimilado para abandonar su país de origen debía tener su licencia de emigración. Era concedida ante escribano público y testigos por padres, tutores o maridos a los hijos, sobrinos o esposas emigrantes. Las leyes de 1853 detallan el conjunto de documentos a presentar con esta licencia, para obtener el imprescindible pasaporte: un certificado de buena conducta del alcalde del municipio, fianza otorgada por tres fiadores y obligación de paga de reales para garantizar el pago por parte del emigrante del pasaje detallando en que barco viaja, precio y plazo del pasaje a pagar, garantía del pago por un fiador que se hará cargo. Aún con estos requisitos era muy practicada la falsificación de licencias.

En Navarra, para obtener el pasaporte, el gobierno exigía: el consentimiento paterno, el recibo de haber pagado la fianza si el candidato estaba en edad militar -18 a 25 años- para pagar un sustituto que cumpliera en su lugar el servicio militar y el contrato de viaje.

Puertos de donde partieron y adonde llegaron

Generalmente, cuando salían del norte de España, lo hacían por Bilbao y Portugalete, sobre el río Nervión en Bizcaia y Pasajes en Gipuzkoa. Otro puerto de salida de contingentes numerosos fue Barcelona en el Mediterráneo y Vigo en el Atlántico. También embarcaron en Burdeos, Francia; en Lisboa, Portugal y en Gibraltar.

En la mayoría de los casos y en todas las  épocas ingresaron a la Argentina por el puerto de Buenos Aires.

Las condiciones del viaje

Aunque se acortaron los días de viaje  gracias a los adelantos naúticos, el viaje era penoso. El hacinamiento facilitó la difusión de enfermedades infecciosas a bordo, que cobraban víctimas entre los jóvenes y viejos.

El arribo

Al llegar a Buenos Aires, luego de la inspección sanitaria, debían hacer los trámites de visado de entrada. Posteriormente, con su equipaje, eran llevados al Hotel de Inmigrantes, inaugurado en 1888, o a los distintos hoteles en las ciudades y pueblos. Generalmente los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados, siendo muy jóvenes (12 o 14 años) a parientes o compadres que los estaban esperando.

 


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